18/02/2016
Hoy, 18 de febrero, día del Síndrome de Asperger, queremos compartir una historia sobre un chico con el que trabajamos desde Okapi.
Un día como hoy, pero de 1906, nacía Hans Asperger, médico austríaco que escribió la primera publicación que describe a cierto tipo de niños, que reúnen características en común, y que recién a partir de 1980, y en honor a su perspicacia clínica, pasan a tener el diagnóstico de Síndrome de Asperger.
Hace ya unos años, atiendo a un chico que hoy en día tiene 18 años, y está en la búsqueda de trabajo. Su situación social y económica es muy complicada. Su familia es muy humilde, y en ocasiones, les faltan las cosas básicas para la supervivencia.
Cumplidos los 18 años, decide comenzar a buscar trabajo para poder colaborar con su familia, y se encuentra con las mismas dificultades que muchas otras personas, más aún de contexto crítico: conseguir un trabajo no es nada fácil. Diego tiene Síndrome de Asperger. Se lo diagnosticaron cuando era un niño, y ha hecho un espléndido trabajo en entender qué implica esa extraña expresión médica, y cómo manejarse con eso.
Pensando en lo crítico de su situación económica, le sugiero pensar juntos en la posibilidad de tramitar una pensión por discapacidad del B.P.S, sabiendo que a muchos chicos con este Trastorno del Espectro Autista, les dan esa ayuda del Estado; y que la misma no le imposibilitaría trabajar cuando logre conseguir un empleo que lo satisfaga. Le advierto que yo no pienso que él sea un discapacitado, que el nombre de esa ayuda es muy desafortunado, pero que a veces hay que aprovechar los derechos que se generan para las personas que tienen más barreras para alcanzar ciertas metas.
Diego me contesta, en una de tantas lecciones que siento que él me da a mí, que sabe que esa pensión ayudaría mucho a su familia, pero que él no quiere contribuir a la idea de que el Síndrome de Asperger es una enfermedad. Que esa etiqueta que lleva desde niño, no es más que su forma de ser y de ver el mundo, y que a pesar de saber que él es distinto, en relación a los supuestos parámetros habituales, tampoco cambiaría nada de sí mismo, porque entonces ya no sería él mismo, sería otro. Diego ese día fue a la consulta sin haber comido, solo tomó un vaso de agua con azúcar. La firmeza de sus valores puede más que el hambre.
Ojalá este día sea una buena excusa para reflexionar sobre tantos Diegos que hay en el mundo, y nos sirva para seguir generando movimientos, aunque sean sutiles, lentos y a veces casi imperceptibles, que los ayuden a que este mundo que compartimos, sea menos hostil con ellos.
Ojalá que los niños que describió Hans Asperger hace ya unas cuantas décadas, puedan crecer y desarrollarse con menos prejuicios y más comprensión, menos horas de consultorios médicos y más horas de juegos en las placitas, menos estigmas y más empatía, menos barreras y más puertas abiertas; que puedan ser más valorados por sus talentos y capacidades, que visualizados a partir de sus debilidades.
Que puedan crecer auténticos, fieles a sí mismos y a sus valores. Que puedan ser recibidos en un aula escolar sin cuestionamientos. Que puedan hacer amigos que se diviertan con sus peculiaridades, y que valoren su lealtad y nobleza. Que puedan aprender todo sobre sus temas de interés, y enseñarnos a los demás. Que puedan enamorarse y que otros se enamoren de su apasionamiento. Que puedan conseguir un trabajo en el cual puedan, finalmente, dar rienda suelta a todo lo que obsesivamente han aprendido. Que puedan ser felices y puedan estar tristes, que puedan tener buenos y malos días, en las mismas condiciones que todos los demás. Y que llegue un momento, en que no sea necesario recordar sus derechos un 18 de febrero, porque los otros 364 días del año, a nadie se le ocurre vulnerarlos.