31/08/2026
Después de un verano especialmente caluroso, quizá ha llegado el momento de replantearnos cómo diseñamos nuestras ciudades.
Durante décadas hemos llenado calles y avenidas de asfalto, hormigón, aceras duras y grandes superficies pavimentadas. Materiales necesarios, sí, pero que absorben calor durante el día y lo liberan lentamente cuando cae el sol.
El resultado lo hemos vuelto a comprobar este verano: calles que siguen desprendiendo calor al anochecer, plazas prácticamente inutilizables durante determinadas horas y recorridos peatonales en los que encontrar una sombra se convierte casi en un lujo.
Frente a esto, los árboles no deberían entenderse únicamente como un elemento decorativo.
Una calle arbolada proporciona sombra, reduce la radiación directa sobre pavimentos y fachadas, mejora el confort del peatón y contribuye a disminuir la temperatura del entorno. Además, hace que caminar por la ciudad resulte mucho más agradable.
Por eso quizá la pregunta ya no debería ser:
“¿Dónde podemos plantar algunos árboles?”
Sino:
“¿Cómo podemos diseñar nuestras calles para que los árboles formen parte de la infraestructura urbana?”
Esto implica dejar espacio suficiente para que puedan crecer, elegir especies adecuadas, prever sistemas de riego, ampliar alcorques y, en muchos casos, aceptar que habrá que redistribuir parte del espacio actualmente destinado al coche.
Porque plantar un árbol en un pequeño agujero rodeado de hormigón no es crear infraestructura verde.
Las ciudades mediterráneas tendrán que adaptarse a veranos cada vez más exigentes. Y probablemente una parte importante de esa adaptación no pase únicamente por más tecnología o más climatización.
Puede empezar por algo tan sencillo como recuperar la sombra.
Más árboles, menos superficies que acumulen calor y un urbanismo pensado para que podamos seguir utilizando nuestras calles también en julio y agosto.
¿Creéis que nuestras ciudades están preparadas para hacer ese cambio?