01/05/2026
El colibrí que siempre sobrevuela el jardín hoy está más juguetón que nunca.
Es casi imposible acercarse a él sin que escape como una flecha brillante, demasiado rápido para una foto, demasiado libre para una caricia amorosa que siempre intento regalarle. Pero vuelve. Siempre vuelve. Va y viene, como si jugara a las escondidas o a la mancha , y en ese juego liviano despierta los recuerdos más hermosos de la infancia: cuando corría entre plantas y flores, mientras el auténtico jardinero cuidaba cada detalle de este amado Jardín de Tito.
El Jardín de Tito es el verdadero modelo del
trabajo constante. De la paciencia que se cultiva día a día. Del amor que no se improvisa y del cuidado que no se abandona.
Es la prueba viva de que los deseos no llegan solos: se trabajan. De que lo fácil rara vez enseña, y de que la suerte no es azar, sino la fuerza de levantarse, corregir errores y volver a intentar cuando algo falla. Porque es ahí, justamente ahí, donde se aprende de verdad.
Hoy agradezco a ese colibrí que no quiso dejarse fotografiar, pero me regaló varios revoloteos. Estoy segura de que en alguno de ellos dejó flotando un deseo de Feliz Día del Trabajo.
Gracias —quise decirle— en forma de un mensaje lleno de amor que, sin dudas, llegó a su destinatario.
Siempre incansable.
Siempre hacia adelante.
Siempre de pie frente a todo.
No hay mejor modelo para honrar la fuerza de un eterno trabajador. 🌱✨