26/08/2026
La arquitectura que trasciende no siempre es monumental.
Recuerdo que antes, las casas apenas esbozaban un límite con la calle; una pequeña verja, que era más cómodo saltearla que agacharse a abrirla, si es que la encontrabas cerrada. Las cerraduras eran casi decorativas, casi nadie cerraba con llaves.
Cuando era muy chica, solía ir a la casa de mi mejor amiga (¡sin cita previa, sin preaviso!; ¡¿increíble, no?!). Yo agarraba mi mochila, sin decir más que “chau, ma, me voy a estudiar con Sil”, tomaba el colectivo y me iba a estudiar con ella.
A Sil le gustaba dormir la siesta. La siesta era casi un ritual, una norma local que, si no acatabas, te dejaba aislado e inmerso en un mundo alterno, donde se escuchaba hasta el clic, clic del reloj y el tiempo parecía extenderse, se dilataba y pesaba, mucho más en verano. Algo había que hacer, pero no había nada que hacer, porque todos dormían la siesta.
Mis abuelos vivían como a seis cuadras de allí. Yo, aprovechando ese precioso tiempo, me iba caminando por esas soporíferas y solitarias cuadras y cuando llegaba a su casa, abría la puerta del garaje. Solo debías cumplir con el gesto simbólico de correr una perilla que estaba detrás de un paño de vidrio que tenía la puerta, que irónicamente siempre estaba abierto, para que cualquiera que lo necesitara, simplemente quitara la perilla y pudiera estar adentro. Así era antes. ¡Créanme!
Eventualmente, me topaba con un laberinto de palos de escoba entretrabados que sostenían cortinas de tallarines caseros oreándose, había que esquivarlos con mucho cuidado para no salir blanco como la nieve.
Sorteado el garaje, corría por el pasillo, pasaba por debajo de la parra y estaba en la cocina, impecable como siempre, todo en su lugar, el repasador extendido en la mesada, el delantal colgado de la ventana, al lado de las tiras de cáscaras de naranja para el mate, y ese olorcito a creolina que bañaba el patio para ahuyentar las moscas.
Finalmente, corría hasta el dormitorio, muy sigilosamente me robaba un par de caramelos de la caramelera de cristal azul que había sobre la cómoda, me zambullía entre medio de los dos viejos durmientes, que simulaban asustarse. Quedábamos fundidos en un solo abrazo y fingíamos dormir la siesta un buen rato. Luego unos mates amargos, debajo de aquella parra para saldar el encuentro como correspondía.
Tan recurrentes fueron esas visitas fugaces, tan vívido es ese recuerdo, tan tatuada quedó en mi memoria esa casa y ellos, como una marca indeleble.
Pocos años después, fue tiempo de partir lejos, a la universidad. Esos momentos se convirtieron en un verdadero tesoro.
Mi primer trabajo en el cursillo de la facultad, sin saber nada de arquitectura, fue representar gráficamente el lugar construido que más hubiera impactado en mi vida.
No hace falta que les diga de qué se trató mi trabajo.
La arquitectura no es nada si no es vivida; la arquitectura vivida, trasciende.
Texto: Andrea C. Fernández