28/04/2016
Juego y jugar. Implicancias y diferencias.
El juego representa en la niñez una entidad fundante y estructurante, dado que es la actividad más genuina que la representa. A través del juego el niño elabora y recrea su mundo interno en relación con el mundo externo en el cual se desenvuelve.
En los inicios de la vida, en el vínculo temprano entre la mamá y el bebé, la mamá, con su mirada y escucha atenta sobre las necesidades que el bebé va demandando, establece un canal de comunicación que Ajurriaguerra (1982) llamó diálogo tónico. Es en este diálogo que el bebé va conociendo su cuerpo al mismo tiempo que constituyéndose en sujeto.
En estos primeros intercambios de posturas, miradas, gestos, se expresan los primeros atisbos de lo que luego se constituirá como posibilidad del niño de producir juego. Dado que en la primera etapa del proceso de constructividad corporal, llamada etapa del cuerpo tónico, González (2009), el niño es jugado por el otro y luego progresivamente en la siguiente etapa, llamada etapa del cuerpo instrumental, González (2009), el niño comienza a jugar por sí mismo, comenzando con su propio cuerpo. Wallon (1979) mostró la importancia de la fusión primitiva en todos los desarrollos posteriores del sujeto. Ajuriaguerra (1992) agrega que esta fusión se expresa a través de fenómenos motores, en un diálogo que es preludio a un diálogo verbal, el cual arroja al sujeto a la comunicación afectiva y tiene como instrumento regio al cuerpo. Es decir, de esta fusión primaria necesaria al principio dada la impericia del bebé al nacer respecto de sus necesidades, advendrá en un momento posterior, la posibilidad del sujeto de pasar a una dependencia relativa que implica una diferenciación respecto del otro. “Es a través de la interacción madre-hijo y gracias a los juegos del mecanismo de los espejos mutuos, como el niño emerge de la fase simbiótica y puede crear límites estables entre sí y el objeto.” (Ajuriaguerra, 1992: p; 22). Esta distancia entre yo y el otro, entre yo y el objeto-mundo externo, es el espacio a partir del cual el niño pasa de ser jugado-manipulado por el otro a con cierta autonomía ser sujeto de su acción, comenzando a agarrar, soltar, golpear, etc., los objetos de su interés y a poder jugar con ellos. En etapas posteriores, luego de la adquisición del lenguaje, podrán estos juegos cobrar entidad simbólica.
“Es así que en los míticos momentos de la vivencia de satisfacción encontramos ya los elementos que desde el otro se pondrán en juego para que el pequeño advenga sujeto. Para ello nuestro niño deberá recepcionarlos y en otra instancia hacer con éstos activamente sobre la escena lúdica” (Baraldi, 2005: p; 9). Freud (1920) hace mención en la descripción del juego de fort-da , a la importancia que el mismo reviste por ser considerado el primer juego que realiza el niño en su proceso de constitución subjetiva. Este marca el momento en que el niño pasa a tener un rol activo y protagónico en el hacer con los objetos. El autor refiere que, cuando el niño sufre una vivencia displacentera, en la que tuvo un rol pasivo, en el juego la repite colocándose en un papel activo. Atribuye esto a una “pulsión de apoderamiento”, en virtud de la cual los niños repiten en el juego lo que les ha causado una gran impresión en la vida, abreaccionan la intensidad de la impresión y se adueñan de la situación. (Freud, 1920). Retomando a Baraldi (2005) en esta misma línea, la autora hace referencia a que el niño, en su posibilidad de jugar, irá construyendo una ficción que velará lo real perdiendo su valor traumático a partir de lo que sólo la repetición podrá inscribir.
En relación a este aspecto, encontramos que “el bebé juega en el vínculo fusional con la madre. O mejor dicho, es la madre la que introduce el elemento lúdico. Las vivencias placenteras permiten el despliegue de una repetición que es búsqueda de placer y que abre camino para la actividad lúdica. Repetir laleos, sonidos, gestos y movimientos en una especie de dúo armónico, placentero para ambos, es uno de los primeros juegos.” (Janin, 2014: p; 2).
Resulta interesante pensar, entonces, la relación existente entre juego y función materna, es decir, volvemos a focalizar la importancia del otro significativo en el proceso de constitución subjetiva.
Este desarrollo conceptual nos lleva a entender que la posibilidad de jugar deviene producto de un proceso cultural, y en este sentido es pertinente diferenciar al “juego” propiamente dicho del “jugar”, como acción realizada por el sujeto.
En relación al juego, nos remitiremos a un autor clásico que ha desarrollado ampliamente esta temática, Huizinga (1972), quién sostiene que el juego precede a la cultura, es decir, existe antes de la existencia del hombre. Según este autor, se puede observar juego en los animales, y esto es algo más que un fenómeno meramente fisiológico. El juego es una función llena de sentido, que posee en su esencia misma un elemento inmaterial. El juego se encuentra por fuera de toda posibilidad de ser determinado lógica y biológicamente, y posee las siguientes características: es libre; no es la vida propiamente dicha; se produce en determinados límites de tiempo y espacio; crea orden; posee reglas.
Aludiendo a su condición de ser libre, podemos decir que no se realiza por ninguna necesidad física ni por ningún deber moral. La siguiente característica, que le atribuye al juego no ser la vida propiamente dicha, supone ofrecer la posibilidad de escaparse de ella a una esfera que posee una tendencia propia, es un “estar en otra realidad” de manera temporaria, un “como sí” del cual el jugador es consciente, actividad que transcurre dentro de sí misma y se sostiene por la satisfacción que en ella misma se produce. Seguida a esta característica, mencionamos que el juego se produce en determinados límites de tiempo y espacio, generando entonces la posibilidad de que una vez terminado el mismo, permanece en el recuerdo como creación y es en este hecho que cobra sólida entidad como forma de cultura, pudiendo ser repetido y transmitido por tradición. Por último, como rasgo positivo del juego en su posibilidad de crear orden, requiere de uno tan absoluto que la desviación más pequeña lo destruye, por lo que se deduce de este rasgo la necesidad de poseer reglas, que enmarcan el modo a través del cual poder permanecer en él. (Huizinga, 1972)
Existen diversos autores que describen o clasifican a los juegos de acuerdo a las diferentes competencias que prevalecen en su desarrollo, y elegiremos la que despliega la psicomotricista Cerutti (1996) para ilustrar un tipo de clasificación posible.
La autora plantea que existen juegos de prevalencia motora y juegos de representación. Los primeros mencionados, son aquellos en los cuales el cuerpo está implicado en el desarrollo del equilibrio, la lateralidad, la coordinación dinámica general, las habilidades motoras básicas, etc., implicando, por ende, la puesta en juego de la sensibilidad exteroceptiva, proveniente de los receptores ubicados en la piel, y que captan las sensaciones de contacto, temperatura y dolor. Por otro lado, también se pone en funcionamiento la sensibilidad propioceptiva, que se origina en receptores ubicados en la musculatura profunda, tendones y articulaciones.
Como mencionamos anteriormente, se hallan, por otra parte, los juegos de representación, estos poseen la característica de presentarse como un lenguaje de imágenes y movimientos. Cerutti (1996) considera que todo juego se expresa por la imagen y el gesto.
Estos juegos llamados de “representación” implican la posibilidad de evocar objetos ausentes por medio de un interjuego de significaciones que los relacionan con los elementos presentes. Dentro de esta clasificación se ubican los juegos de “cómo sí”, los juegos de construcción y los de representación gráfica (dibujos).
Por otro lado, entendemos al jugar como acción del orden de lo singular, como modo particular y único del niño de habitar la escena lúdica, es decir, cuando un niño juega desde un lugar de apropiación, se encuentra habitando un espacio, una zona intermediaria -al decir de Winnicott (1999)- entre la realidad externa y su mundo interno. Desde esta perspectiva, jugar es hacer -dice el autor-, es una acción llevada a cabo en el mundo externo, partiendo de aquello que alberga en su mundo interno. Construir la posibilidad del jugar implica experimentar, representar, aprender, buscar (Baraldi, 2005). Es un acto creativo que se da en un espacio y un tiempo. El jugar va más allá de cualquier utilidad que quiera adjudicársele, posee fin en sí mismo. Hacemos hincapié en esta concepción para diferenciarla de ciertos lineamientos teóricos que toman al juego como medio para el logro de contenidos pedagógicos. “No es lo mismo pensar que el juego está al servicio de los aprendizajes, del desarrollo de determinadas capacidades, que pensar que el juego mismo las produce” (Wolkowicz, 2005: p; 130) esto quiere decir que, por un lado, no se puede enseñar a jugar y, por otro, en el jugar mismo se desarrollan distintas capacidades que se pondrán a disposición en el momento de los aprendizajes.
Lic Vanesa Plencovich.