11/06/2026
El Mundial me genera una contradicción difícil de ignorar.
Como mexicano, me llena de orgullo que nuestro país y la Ciudad de México sean protagonistas de un evento que captura la atención del mundo entero. Tenemos una cultura extraordinaria, una gastronomía incomparable y una sociedad que, pese a las dificultades, sigue demostrando una enorme capacidad de trabajo, creatividad y resiliencia.
Pero también me cuesta compartir el entusiasmo sin reservas. Detrás de la fiesta, los estadios llenos y la emoción del fútbol, existe una realidad que pocas veces se discute con suficiente profundidad. Organizaciones como la FIFA han construido un modelo que suele concentrar beneficios y exigir privilegios, mientras los costos y responsabilidades recaen en gran medida sobre los países anfitriones.
No cuestiono el fútbol. Al contrario, lo celebro. Tampoco cuestiono el orgullo de mostrar México al mundo. Lo que cuestiono es que se nos venda la idea de que estos megaeventos son sinónimo automático de desarrollo, cuando muchas veces las necesidades más urgentes de la población siguen esperando atención.
Ojalá la Selección Mexicana nos regale una actuación histórica y momentos que nos unan como país. Pero también ojalá aprovechemos esta oportunidad para reflexionar sobre qué tipo de desarrollo queremos, quiénes se benefician realmente de estos eventos y cuál debería ser el papel de los gobiernos frente a organizaciones que suelen negociar desde posiciones de enorme poder.
Apoyemos a México. Disfrutemos el fútbol. Pero no renunciemos al pensamiento crítico.
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